BLogPilarArteaga

Y al pie de los caballos. Asi es como ha dejado Juan Carlos Arteaga al colectivo arbitral tras la entrevista publicada en las páginas del diario MARCA. Y quien diga lo contrario falta a la verdad.

Reproduzco dos titulares de la mencionada entrevista para -usando un término baloncestístico- coger bien la posición antes de encarar el aro. «Me intentaron sobornar antes de pitar una final europea». Pregunta: «¿Seguro que no todo el mundo en el arbitraje será tan honrado y que alguno no hubiese hecho lo mismo? Respuesta: «Me consta que no».

La redacción de este artículo es producto de los variados estadios por los que ha pasado mi mente desde el momento de publicación del mencionado texto. Empezó por la estupefacción, posteriormente la indignación, la reflexión fue el tercero y la resignación puede -solo puede de momento- ser el cuarto. En ocasiones es posible que el uso del lenguaje no sea el mejor académicamente hablando, pero nada peor que perdernos en eufemismos.

Desconozco, y no despierta en mí gran interés, conocer los motivos por los que un colegiado próximo a su retirada del arbitraje internacional (por edad) y con un curriculum a la altura de no muchos de ellos ensucia de semejante manera la que es todavía su profesión. ¿Rencillas? ¿Exceso de protagonismo? ¿Ambas? ¿Ninguna de las anteriores?

No denunció en su momento -según leo en la entrevista- el supuesto intento de soborno para no «hacerle daño a la competición y al baloncesto». ¿Y me lo tengo que creer? Me pregunto yo. Si no quería dañar la imagen del colectivo arbitral y del baloncesto había una opción mejor: callarse. Tirar la piedra y esconder la mano en mi pueblo tiene un nombre: cobardía.

Me queda otra opción que no sea la cobardía y es la de tener un ego como un piano de grande y querer ser a toda costa el protagonista de un juego en el que en mi humilde opinión los protagonistas son diez , a lo sumo doce si contamos con el entrenador, y se visten de corto.

No es la profesión de árbitro una excesivamente agradecida. Es vocacional en la gran mayoría de los casos. Pertenecer a la élite del arbitraje está al alcance de muy pocos. Otros, una inmensa mayoría, sacrifican familia, amigos, hobbies y en ocasiones hasta una mayor dedicación al trabajo que les da de comer realmente por una pasión como es arbitrar. Ya que Arteaga es un privilegiado, que no digo que no se lo haya curado, al menos que no se dedique a ensuciar la pasión de otros que la ejercen con absoluta limpieza. Un poco de respeto hacia ellos debería tener.

Al mismo tiempo me parece deleznable que apunte a los colegiados de determinados países (en concreto habla en la entrevista de países del Este) como susceptibles de aceptar sobornos por la coyuntura económica de su país. ¿No le ha contado nadie que España es un país en crisis y que -como dice él- «5000 euros sobre la mesa es el sueldo de todo un año»?

El estadio de la indignación podría ser eterno pero lo daré por concluido. El de la reflexión es muy breve porque estaría encantada de no ser yo la que reflexione sobre este hecho y sí los árbitros, y que lo hagan de manera pública, pero creo que debo esperar sentada a ello. Me consta la indignación de compañeros de profesión de Arteaga , de aquí y de allá, pero unos no se dan por aludidos porque no es su competición parece ser , otros no saben no contestan a pesar de tener un cargo de responsabilidad en este colectivo.

Otro apartado es el de las posibles consecuencias de la dichosa entrevistita. No creo que las tenga, al menos no que sean de dominio público, aunque debería tenerlas. Lo que no sé es quien será el valiente que le ponga los puntos sobre las «íes». Y pongo como ejemplo -aunque por otras circunstancias- la sanción impuesta en su día por el entonces comisionado de la NBA David Stern al árbitro Tim Donaghy involucrado en una trama de apuestas.

Pasemos pues al de la resignación. Como decía al principio este cuarto capítulo lo dejo en «puede ser» porque albergo esperanzas de que algún día el arbitral deje de ser ese colectivo poco transparente, corporativista y hasta cierto punto huidizo aunque se trate de asuntos graves como supuestos sobornos. Hay ocasiones en las que la callada no vale como respuesta.