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Fue un duelo sin cuartel, a pecho descubierto, un carrusel de canastas, una retahíla de aciertos, un desafío sin artificios, colosal, memorable. Allí estaban batiéndose el cobre Óscar Schmidt Becerra y Drazen Petrovic, dos líderes natos, dos anotadores de raza. Era la final de la Recopa de 1989. El Real Madrid ante el Snaidero de Caserta (117-114). Tú anotas en el perímetro, yo lo hago después. Que ahora lo haces a cuatro metros, yo también. Era una conversación sin palabras, era un diálogo en clave numérica.

Óscar sumaba puntos a menor ritmo que el croata, mientras el reloj consumía los minutos. El brasileño perdía la estela anotadora del madridista (62 puntos). El azucarillo de las cestas se diluía en la derrota para extinguirse con 44 puntos. El saldo de aquel partido con mayúsculas pasaba a la cuenta general, que reflejaría el día de su retirada, después de 32 años, cerca de 50.000 puntos, gratificados con una serie extensa de títulos como mejor anotador en todo tipo de competiciones.

Un año antes había anotado 55 puntos ante España en los Juegos Olímpicos de Seúl (récord de la cita), y todavía se escuchaban los ecos de una gesta: la victoria sobre Estados Unidos en la final de los Juegos Panamericanos (120-115) con cerca de 50 puntos. Aquel es su mejor recuerdo. Y la imagen del final del partido, exhausto y exultante tendido sobre el parqué, con la mirada perdida y una sonrisa cuasi histriónica, una ilustración del tesón y la confianza de un jugador que lucha sin descanso por mejorarse.

La victoria sirvió para presentarle en sociedad en Estados Unidos, la meca del baloncesto. Siempre estuvo tentado de jugar allí, en la NBA, pero en aquellos tiempos estaba penalizado con renunciar a jugar con la camiseta de Brasil, y aquella condición resultó innegociable.

Las reflexiones en voz alta retratan a un hombre con fe en agrandar su figura hasta las últimas cotas y devoción por el entrenamiento para conseguirlo. Petrovic pedía la llave del gimnasio para lanzar sin descanso. Óscar Mano santa, un jugador de más de dos metros y comparado con Larry Bird, practicaba también hasta la extenuación para resultar infalible.