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El ser humano es un animal de costumbres por naturaleza. Quien diga lo contrario miente. Y su memoria es ese músculo tan maravilloso como traicionero que unos dicen que hay que ejercitar y otros que simplemente cuidar. Tendemos a asociar los recuerdos a cosas, a momentos, a cualquier simple detalle que, en el futuro, nos ayude a recordar. Nos pasa con todo. Desde una persona, a un libro, una película o sí, un partido de baloncesto. Más que un partido, un momento en concreto. El detalle que te ayude a no olvidar puede ser tan simple como la ropa que llevases puesta ese día, o tan complejo como la persona que estuviera a tu lado.

Por ejemplo, yo recuerdo perfectamente cuál fue la primera película que vi en un cine. Aviso, no es nada original. Era E.T. Me llevo mi abuela a un cine que hace siglos murió pero que recordaré siempre. También recuerdo el primer libro que me impactó, quien me lo dejó y por qué. Pero esa historia queda entre esa persona y yo. Si lo lee, lo sabrá. Igual sucede con la película que más me ha marcado, esa queda también para la persona con quién la vi. Si lo lee, lo sabrá. Al final, y si la parte más oscura de la memoria no lo impide, el recuerdo siempre queda. Permanece. Con la pelotita naranja no iba a ser menos.

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Seguro que el primer partido que vi fue en el Palacio de los Deportes de Madrid, en el antiguo, no en el de ahora. El que se quemó.

Aquel que tenía aquel tono y aquel color a baloncesto de antes. No sé si me entienden pero, después de recorrer varias de las canchas de Europa, ese tono y ese color solo los he encontrado en un par más. Probablemente, bueno no, seguro el partido era un Real Madrid – Estudiantes, o al revés, Estudiantes – Real Madrid. Iba con mi madre, ella era la que me llevaba.
Sin embargo, en casa, cuando veía baloncesto ella nunca estaba. Ahí recuerdo a mi padre, hablándome sin parar de Óscar Schmidt. Como le hubiese gustado ver el discurso del brasileño al entrar en el Hall of Fame. Aquella final entre él y Petrovic la tengo grabada en mi mente. Era un pipiolo pero recuerdo hasta la Telefunken en la que la vi. La misma televisión con la que también quede prendado con las primeras imágenes NBA que entraron por mis ojos. Jamás olvidaré la final de Lakers y Pistons, con Isaiah Thomas cojeando. Lo recuerdo porque a mi lado estaba mi hermano. Aficionado sin más a esto de la pelotita naranja pero de los Lakers dice. Pues eso. Yo iba con los Bad Boys solo por fastidiar. Momentos breves de infidelidad al verde más dorado que existe. También me vienen a la mente todos y cada uno de los seis anillos de los Bulls, o aquella Jugoplastika que, para mí, siempre será de Tony Kukoc. Leñe si por acordarme me acuerdo hasta del Limoges de Maljkovic. No se por qué, pero me acuerdo.

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Uno tiene pocas veces la sensación de estar viendo algo que sabe que, de una manera u otra, se le quedará grabado en algún lugar de su cerebro. La final de los junior de oro sin ir más lejos. Me pilló en Torrevieja en un apartamento con capacidad como mucho para cuatro pero que habitábamos cerca del doble y en el que una tarde, entre juego y juego de mal vivir, teníamos en la tele a esa generación que lo cambió todo. El quinto puesto de Indianápolis, cuando ganamos a USA en USA, por que sí, no os engañen algunos, les hemos ganado. Lo vi solo, en casa. Donde vi la semifinal y la final del mundial. Argentina y Grecia. De esos dos recuerdo a mi padre. En uno pidiendo en pista al Rodríguez ese que decía él, en el otro elogiando sin parar a Garbajosa. Era su debilidad. Los dos días lloró de emoción. No lo olviden por favor, campeón del mundo por primera vez solo se es una vez. Parece perogrullada lo sé, pero no lo es.

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Después la suerte, el destino o simplemente la vida me han llevado a estar en el lugar idóneo en el momento adecuado para vivir recuerdos mucho más cercanos. Buenos y malos. El vestuario de Charleroi por ejemplo, el del Spiroudome, ese no lo olvidaré jamás. No por la ULEB de Plaza, no. Por el partido intrascendente que perdió allí el Real Madrid de Messina.

El silencio de aquel vestuario no lo he sentido igual. A lo que voy es a con que facilidad los “pequeños” detalles ponen en marcha la memoria. Por ejemplo, cada vez que alguien se mosquea y apaga la tele durante un partido yo me acuerdo del triple de Herreros.
El amigo con el que lo estaba viendo se mosqueó y apagó la tele cuando faltaba minuto y medio. Por suerte se largó de su salón y yo pude volver a encender el televisor. Él tiene un recuerdo, yo otro. Como del triple de Marcelinho, o de la noche de Bullock y el Panathinaikos, o del 30 de diciembre del año pasado con la exhibición de Navarro en el Palau y, sin ir muy atrás, el vestuario ocupado por el Real Madrid en la última Supercopa.

Son detalles, recuerdos que ya vendrán siempre conmigo y a los que ahora se une uno más. Por que sí. Podré decir que estaba allí el día que Felipe Reyes sí, Felipe Reyes, metió un triple de espaldas cuando solo quedaban cuatro décimas por jugar. Así que dejo de aburrirte con mis batallitas y te invito a recordar. ¿Y tú, dónde estabas?

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