BlogJouveYAhoraQue

¿Qué sucede cuando te planteas un objetivo? Cuando durante los primeros meses del camino para alcanzarlo llegas a esa cosa tan vacía pero tan llena de significado llamada excelencia. Cuándo casi casi parece que levitas. Cuándo el primer tropezón se produce en la casa de aquel que, a priori, está llamado a ser tu mayor obstáculo en el camino hacia ese objetivo. Cuándo ese tropezón es, además, cuatro meses después de arrancar y con el zurrón ya cargado de preseas.

Qué pasa cuándo, de verdad, ves peligrar ese objetivo. Cuándo el destino o los pequeños detalles te ponen en el camino al mismo ogro que te lo arrebató un año atrás. Las alarmas y los alarmantes se disparan y tu lo disipas todo de golpe volviendo a levitar y colocándote de nuevo en el camino correcto. Qué sucede cuándo el penúltimo escollo es esa piedra de siempre. La que nunca se marcha del camino. La que años y años sobrevive al desgaste. Esa que días antes te pasaba por encima y meses atrás sucumbía ante tu magia. Sucede que vuelven las dudas, las alarmas, los alarmistas y que todo se silencia de golpe. Todo. Porque entonces levitas de verdad. Y la gente, las personas, las miles de personas vestidas de amarillo que una hora antes, en el mismo escenario vivían su primer momento de éxtasis y gloria “milanesa” ahora se encuentran con ese bajón propio ante lo que “les espera” en el siguiente y último escalón.

¿Qué ocurre cuándo sucede todo eso? Cuando has estado todo un año peleando por una cosa, luchando por una cosa, trabajando para una cosa, sufriendo para una cosa, haciendo disfrutar a miles y miles de personas para una solo cosa: tú objetivo. Todo el mundo lo sabe. Todo el mundo lo espera. Es imposible abstraerse de eso. Todo está preparado para eso. Pero no se alcanza. En el día más importante simplemente no salen las cosas. Eso y que te encuentras con un obstáculo imposible de superar en ese momento concreto. Uno que no sólo te mina poco a poco sino que además, ante cada acometida tuya, crece y crece sin parar. Se fortalece. Es en ese momento cuando el objetivo se va, el sueño también y el bajón ya no es de ellos. Ahora es tuyo. Uno que todos y cada uno de vosotros habéis sentido alguna vez. Quiero esto, voy a por esto, ansío esto. Hago lo imposible por obtenerlo pero, al final, y por segunda vez consecutiva, se me escapa de entre las manos. Otra vez la misma sensación. Otra vez ese sentimiento de: “no me han ganado, lo he perdido yo”. Sea o no sea real el sentimiento que queda es ese y, por delante, la gran pregunta. Esa cuestión aterradora que aparece única y exclusivamente cuando se acaba algo por lo que lo has dado absolutamente todo. Esa pregunta. Ese ¿y ahora qué? Ese ahora fue el más duro y largo posible. Sobre todo largo. Por delante muchos partidos, mucho tiempo, otro reto. Uno que ya se había saciado un año antes.

Por mucho que se intente, por mucho que se quiera echar a un lado y seguir avanzando, esa sensación, ese ¿y ahora que? Sigue ahí. No se va. Y lo peor es que no está solo. Todas esas cosas que durante un tiempo están sin estar. Todas esas cosas que todos y cada uno tenemos y vamos aparcando en busca de un todo común. Todas esas, cuando el todo no llega, cuando se escapa por segunda vez con la misma sensación: “no me han ganado, lo he perdido yo”. Todas esas cosas, salen de paseo. Abandonan la oscuridad y empiezan a ver la luz y esa luz es más oscura que cualquier otra. Es imparable. Entonces todo da ya igual. Lo que hayas conseguido, lo que puedas conseguir… Da igual. Lo único que ilumina esa luz es aquello que no has conseguido. Lo que no has logrado. Eso que se te ha escapado. Lo que has perdido… Cuando eso sucede está todo acabado.

¿Y ahora qué? Muchas respuestas para una pregunta y mucha gente con la seguridad de tener la respuesta certera. Pero esa pregunta, como todas, con tiempo, con perspectiva, se responde mucho mejor. En lugar de ¿y ahora qué? Pregúntense de dónde vienen, dónde estaban y dónde han llegado. Recuerden el Saporta, Vistalegre, Caja Mágica, Palacio… Tiempo. Perspectiva. ¿Y ahora qué?