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El Valencia de esta temporada juega con saña. Es como si afrontara una deuda pendiente en cada partido, como si viviera en una reivindicación constante. Y puede que realmente sea así. Hace tiempo que le dijeron que no puede jugar la Euroliga por culpa de unas absurdas licencias. Este año se ha conjurado para derribar a patadas las puertas de la máxima competición continental. Sería penoso que un equipo con semejante nivel no estuviera con los mejores si se lo ha ganado en la cancha. Y se lo está ganando con creces.

El balance de 20-3 que lleva en Liga es el mejor de su historia y en la Eurocup, tras superar la agonía contra el Khimki y pasearse ante el Alba Berlín, ya está en las semifinales. La Fonteta difícilmente olvidará el recital frente a los alemanes. Fue la cumbre de la cultura del esfuerzo: defensa asfixiante, excepcional acierto en el tiro, generosidad tanto en las ayudas como en ataque… Una gozada para la vista. Hay pocos equipos en Europa que puedan realizar semejante despliegue. En España no están muy lejos del nivel de Madrid y Barcelona. Un duelo con cualquiera de ellos en playoffs sería apasionante.

El arquitecto de todo eso es Velimir Perasovic, un entrenador que sabía que acabaría en los banquillos desde mucho antes de retirarse como jugador. No hay muchos tan exigentes como él en Europa. Se crió en la Jugoplastika con Boza Maljkovic. Es de la misma escuela que Dusko Ivanovic. Con eso está dicho todo. El equipo entrena y juega al límite. A causa de ello, la enfermería nunca ha estado vacía. Se han acumulado los lesionados, pero nunca ha sido una excusa y jamás se ha bajado en nivel.

También hay mérito en los despachos. Hace un tiempo, el Valencia era tan rico que sólo tenía dinero. Los euros de Juan Roig se iban por el sumidero. Se conformaban plantillas espectaculares con algunos de los mejores jugadores de Europa, pero se estrellaban un año tras otro. Por allí pasaron Tomasevic, Oberto, Rigaudeau, Rakocevic, Avdalovic, Timinskas, Savanovic, De Colo… Entre todos ellos sólo sumaron decepciones colectivas. Ahora también hay jugadores que destacan sobre el resto, estrellas de talla continental. Sato, Dubljevic y Doellman tendrían hueco en la mayoría de equipos de la Euroliga, pero prima el colectivo. Son un equipo mayúsculo.

Ayuda una afición entregada que acude a la Fonteta en masa. Tanto que en el club estudian trasladarse de pabellón a medio plazo. El recinto actual es el segundo más viejo de todos los de los equipos de la ACB. Valencia podría tener una nueva instalación deportiva en dos años (seguro que la idea Calatrava) con capacidad para 12.000 espectadores. Sería un paso más para un club ambicioso dentro y fuera de la cancha.

Con dinero, con un pabellón moderno, con apoyo de la afición, con mercado y con una plantilla excelente, a ver cómo se explica a final de temporada que el Valencia no esté en la élite continental el próximo año si se lo ha ganado en la cancha. Seguramente, hasta a la Euroliga le convendría.