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A la vista de que en El Juego de Naismith queremos explicar el baloncesto con el factor humano de los protagonistas y de los que desarrollamos el trabajo periodístico junto a ellos como eje de rotación , es de obligado cumplimiento empezar esta historia con un nombre propio: Amaya Valdemoro Madariaga.

El baluarte de la selección femenina ha batido el récord de internacionalidades en el Europeo de Francia ante Montenegro, su partido 254 con la camiseta del equipo nacional, lo que la sitúa por delante de Marina Ferragut (253) y Betty Cebrián (252) y de cualquier baloncestista español (Juan Antonio San Epifanio ´Epi´ lidera la lista del combinado masculino con 239).

La alero de Alcobendas estrenó su palmarés con diecinueve años y una plata en el Europeo juvenil de Eslovaquia. Ahora puede presumir de tres bronces y una plata continentales y de otro bronce en el Mundial 2010 antes de culminar el campeonato galo con otros cuantos encuentros más en el currículo. En su trayectoria de clubes hay otro saco de títulos nacionales e internacionales.

En este Europeo de Francia saborea el enésimo servicio al baloncesto femenino español. Amaya es, muy probablemente, que ya es decir al lado de Corbalán, Gasol, Martin, Emiliano, Calderón, Reyes, Ferragut, Cebrián, Herreros, Navarro, Iturriaga, Llorente, etc, etc, etc, el icono por antonomasia de la canasta española. Con casi trescientos encuentros a las espaldas todavía aseguraba en una reciente entrevista que su camiseta, pese a haber tenido una trayectoria de clubes envidiable, “siempre ha sido la de España”, que su equipo de verdad “siempre ha sido la selección”. Huelga decir que doña Amaya es algo más que un ídolo.

Es el perfil perfecto para explicar el éxito del baloncesto español. Amaya, y otras grandes jugadoras anteriores a su etapa como Carolina Mújica, han tenido el mérito de guiar a nuestras selecciones en los años en los que sólo veíamos los podios desde lejos. Del mismo modo, para que España sueñe hoy con los Gasol -que nos jugamos a que Adriá, el pequeño de la saga, todavía nos sorprende-, Calderón y cía. otros muchos han trazado previamente el camino. Jugadores y jugadoras que han dado la cara, el corazón y el alma cuando los cuartos de final aparecían en forma de liston irrebasable, cuando los torneos no acababan con una ´chapa´ colgada del pecho. Ellos hicieron posible que el actual talento de nuestra canasta adquiriese la mayoría de edad, que enfrentarse a Rusia -durante mucho tiempo la Unión Soviética-, la antigua Yugoslavia -con su potencial actualmente dividido en las selecciones de las nuevas repúblicas-, o incluso jugar contra los omnipotentes Estados Unidos no suponga un ejercicio de fe, sino que sea una gran ocasión de crecer, de agrandar el palmarés, de enseñar sin complejos lo que nuestros baloncestistas son capaces de hacer.

Todo esto no hubiera sido posible sin todos esos jugadores y jugadoras y sin una excelente pleyada de técnicos. Tampoco sin el trabajo aglutinador de una Federación que, de la mano del inolvidable Ernesto Segura de Luna paso el Rubicón de la mano de José Luis Saez. Creo que el mayor acierto de la FEB en todo este proceso se resume en un hombre, cuyo carácter, honestidad e inteligencia no se han contado lo suficiente. Como los grandes directivos de la historia del deporte español -a bote pronto y como paradigma de todo eso Don Raimundo Saporta (que ya habrá organizado varios campeonatos en donde quiera que se encuentre desde que nos dejó con la discreción que siempre le caracterizó) – le gusta permanecer en la sombra, los focos le dan alergia, pero es el epícentro de la matería gris que ha construido el esplendoroso presente y el sugerente futuro del baloncesto español: Ángel Palmi, el director deportivo de la Federación.

Palmi es el hombre que ha afianzado los cimientos apoyándose en los pilares más sólidos. Es quien ha construido la casa desde el principio, sin querer correr, sin pensar en el jardín antes de acabar la cocina. Ángel, perdón, don Ángel, ha levantado una estructura edificada en la paciencia, el cuidado de los técnicos y jugadores y jugadoras que tenían que guiarnos hacia la luz y la coherencia en un proyecto global, que recorre transversalmente los equipos nacionales masculinos y femeninos de todas las categorías.

España se encaramó al puesto número uno de la clasificación FIBA hace años gracias a los logros de las selecciones absolutas e inferiores. De ahí que el núcleo central de la actual selección sénior, que en su momento relevó a la hornada que abrió las puertas de este presente de par en par, con los Orenga, Reyes, Herreros, Angulo, Dueñas, Paraíso, Corrales, Romero, y un puñado más, ya tenga sustitutos para cubrir sus puestos cuando tengan que echarse a un lado.

Por su juventud, Ricky Rubio representa ese proceso de forma palpable puesto que ya está en la órbita de ´los mayores´. En el próximo Europeo de Eslovenia faltarán jugadores importantísimos. Pero vendrán otros que, como ellos en su día, sólo necesitan tiempo y partidos. España ganará una medalla o se quedará en el camino, aunque eso puede suceder esté quien esté, y eso es precisamente lo bueno.

Tenemos un ´background´ de chicos y chicas jugando a nuestro deporte que nos garantizan -si nadie se vuelve loco y las cosas se siguen haciendo con sentido común- el relevo de quienes nos han dado la mayoría de edad. No quiero poner ningún nombre en concreto para ilustrar lo que digo porque cargar de responsabilidad a los baloncestistas jóvenes siempre se ha mostrado un error. Pau Gasol, mi admirado y querido Pau, no era titular cuando los júnior de oro ganaron el Mundial de Lisboa’99. No parece que eso haya importado mucho. Pues lo mejor de todo es que contamos con recursos para que España siga instalada en la élite del baloncesto internacional un largo periodo de tiempo. Pau y Amaya, por tomar dos ejemplos palmarios, tienen que saber -y seguro que les encanta- que sus logros y récords no están a salvo. Han enseñado el camino a unos herederos que tratarán de elevar el listón. No podemos pedir más.