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El fin de semana pasado asistimos a una Final Four espectacular en el pabellón O2 de Londres, capital del imperio británico y de su graciosa majestad, una de las urbes más cosmopolitas del mundo y, actualmente, epicentro de un intenso debate político sobre la conveniencia de que el Reino Unido continúe en la UE o, por el contrario, las islas salgan de las estructuras de la Unión.

Mientras todo ese debate cobra cada vez mayor intensidad, el baloncesto de la vieja Europa intenta que Londres se una al club de la Euroliga. Este asunto, sin embargo, no parece despertar mucho interés entre la población que la diatriba sobre la continuidad o el abandono de la UE.

El magnífico pabellón 02 ha albergado una excelente fase final de la temporada a orillas del Támesis pero, lo cierto, es que la competición ha pasado inadvertida para los londinenses, un gentilicio que identifica a personas de las cuatro esquinas del mundo. Esa diversidad cultural, ese carácter de urbe global, debería haber ayudado a que la Final Four tuviera mayor repercusión en la capital inglesa. No ha sido así. El color de las gradas lo han puesto las aficiones de los equipos participantes, en especial los seguidores del flamante campeón, el Olympiacos.

La cuestión es aún más llamativa si se tiene en cuenta que, además de recibir a los cuatro mejores equipos del continente, Londres todavía tiene frescos en la memoria los Juegos Olímpicos de 2012. También cabe pensar que, pese a la cuidada organización del torneo y las excelentes condiciones de la instalación,  una mayor promoción de la fiesta de la Euroliga habría ayudado a que los ciudadanos de una de las capitales más importantes del mundo prestasen mayor atención a la cita.

Ha llamado la atención la ausencia de carteles para anunciar el torneo (sólo en la estación de North Greenwich, donde se encuentra el O2) y, si bien es probable que eso no hubiera sido suficiente para despertar el interés del gran público, si chirría con las intenciones que la Euroliga ha depositado en la romana Londinium.

La ciudad del Big Ben es un objetivo comercial de primer orden para la organización europea de clubes. Hasta tal punto, que hay planes para que un club inglés reciba una invitación para disputar la Eurocup la próxima temporada o la siguiente. Pese a que Londres ya contó con un equipo en la Euroliga, el London Towers, la idea actual es que ese salto sería demasiado grande de entrada por la alta calidad que existe en la competición.

Todo esto son pasos encaminados a conseguir que la mítica Londres, a la vanguardia de la cultura, el arte, las finanzas y la globalización, aporte un sólido soporte de expansión a la Euroliga, con la posibilidad de que, de la mano de ciudades como esta -también otras de gran poder económico en el norte de Europa-, la NBA también se involucre en algún proyecto y, por fin, los baloncestos más poderosos del mundo se den la mano en una competición compartida.

Vassilis Spanulis, las dos exhibiciones del Olympiacos, la buena imagen de un clásico como el Real Madrid, la alcurnia del Barcelona y del CSKA, así como el talento de los jugadores que han pasado por el O2 de Londres tampoco ha conseguido llamar la atención de los súbdito de Su Graciosa Majestad. El síntoma invita a pensar que la fruta del baloncesto todavía no ha madurado lo suficiente para lanzarse a la conquista de territorios indómitos.