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El baloncesto español ha vuelto a instalarse en la senda del conflicto. En un tiempo en el que la crisis sacude sin piedad los cimientos de la sociedad en general, las relaciones entre la ACB y la ABP siguen un curso que empezó a trazarse mucho antes de que el colapso económico general minase las bases de muchos ámbitos de la sociedad, desde las empresas públicas hasta las privadas, desde la sanidad hasta la educación, desde la financiación de las autonomías hasta, incluso, el modelo de Estado. Toda esta situación de desencuentro preside desde hace ya demasiados años las relaciones entre los clubes (la patronal del sector) y los jugadores (los trabajadores).

Si fuera un acontecimiento insospechado se podría entender como una circunstancia puntual. Sin embargo, cada vez que las dos partes se han tenido que sentar a negociar el marco regulador de las relaciones laborales del baloncesto profesional, todo el mundo contaba con el desencuentro entre ambas. La Liga ACB ha pasado temporadas con convenios prorrogados, épocas de luchas titánicas en los tribunales de trabajo y otras instancias por la situación de los mal llamados en su día ‘comunitarios B’, amenazas de huelga, paros efectivos y un sinfín de batallas que, al final, sólo sirven para alejar a los aficionados, para perjudicar la expansión del juego.

Durante mucho tiempo ha sido habitual escuchar a personas con interés por el baloncesto reconocer su desazón ante las dificultades para seguir la competición por televisión y recordar con morriña los años en los que todo el mundo conocía a los jugadores de los equipos. “Yo seguía el baloncesto cuando jugaban Corbalán y todos aquellos”, ha sido un latiguillo que muchos hemos escuchado, con nostalgia, pero con frustración, hasta la saciedad.

¿Cómo se explica que un país con una selección de vanguardia, equipos históricos, competición apasionante, jugadores míticos y aficionados apasionados apenas se deje notar entre el gran público?. Un motivo importante han sido los frecuentes cambios en los formatos de competición; otro, los vaivenes a cuenta de los derechos de televisión, al que hay que añadir los procelosos días de la pugna entre la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) y la Euroliga por la organización de las competiciones europeas de clubes; y tampoco se puede dejar en el tintero el carrusel de idas y venidas en las plantillas.

El baloncesto es un juego, un mundo, íntimamente ligado a la modernidad, preparado para los cambios, preocupado por mejorar constantemente, que ha demostrado una gran capacidad de adaptación a las evoluciones no sólo deportivas, sino también sociales. Representa uno de los mejores entornos de integración, cultura y progreso. Aporta una fuente inagotable de valores para la convivencia.  Pero no termina, al menos en España, de encontrar el sosiego.

Cada vez que el sindicato de jugadores y la patronal de clubes se sientan a una mesa para renegociar el convenio colectivo vuelven a ponerse sobre la mesa las mismas manidas cuestiones: el salario mínimo, los derechos de formación, los periodos vacacionales, etc, etc, etc…

A la gente le gusta entrar a una cancha y encontrarse con jugadores conocidos, españoles o de otra nacionalidad -aunque la identificación con los jugadores de casa siempre es un valor añadido y un interés general del baloncesto en su conjunto-; le gusta saber a que hora transmiten los encuentros por televisión; cómo funciona el sistema de competición; disfrutar de fichajes foráneos -europeos o externos a ese ámbito- que permanezcan en los clubes, que se empapen de la cultura particular de casa sitio, que se conviertan en veteranos de la liga…O sea, se echa de menos a hombres como Pinone, Norris y tantos otros que se ganaron un hueco en la historia de sus equipos.

Es verdad que los tiempos han cambiado y aquel baloncesto tendría difícil encaje en una sociedad global, pero también es cierto que lo último que se puede  perder de vista es el sentido de este juego. Y este juego, como todos, es de los jugadores. La ABP quiere que la negociación por el convenio ahora rota con la ACB se reanude para concluirse en 48 horas. Sin pérdidas de tiempo. Es un buen punto de vista si se entiende correctamente: hay que acabar con las discusiones eternas y poner los pies en el suelo, pensar en el baloncesto como algo que no puede limitarse a ser gestionado como una empresa. En esto, además de finanzas -que hacen mucha falta, y de las buenas-, hay algo que sólo se gana en la cancha: el corazón de los que palpitamos con este juego.