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Los aficionados al baloncesto vivimos en estas fechas algunos de los días más interesantes del año. Las finales de las distintas competiciones están en marcha. Cada partido esconde un tesoro oculto, una victoria o una derrota convierten la noche en día y el día en noche, aunque sólo por un instante porque no hay tiempo para muchas alegrías y tampoco para muchos lamentos.

Todo cambia y se mueve a la velocidad de la luz. Se trata de duelos de alta tensión sin apenas paréntesis. Importa todo y cualquier pequeño despiste, un ligero detalle, pueden inclinar la balanza de forma decisiva. Es el momento en el que los mejores equipos y los mejores jugadores, después de toda una temporada luchando por tener el derecho de pelear por el triunfo final, echan el resto. Saltan chispas.

Aún así, seguirá habiendo quienes piensen que el baloncesto es ese juego en el que sólo hace falta ver los últimos minutos porque todo lo demás no vale para nada. Excuso decir que no comparto semejante opinión, que más bien parece el argumento de alguien que, probablemente, no entienda nada de lo que ve sobre la cancha o, incluso, tenga una influencia demasiado poderosa del fútbol, el indiscutible rey de los deportes en España si a interés mediático y seguimiento popular nos referimos. Es evidente que sería harto complicado escuchar un comentario de semejante ralea en países como las repúblicas de la antigua Yugoslavia o la extinta Unión Soviética, `por no decir, claro está, en los Estados Unidos.

Precisamente por la trascendencia que tiene todo lo que ocurre durante una final, ya sea a un único partido o dentro de una eliminatoria (play-off), se forjan jugadas especialmente trascendentes por su relevancia para el resultado definitivo, por su belleza o, casi siempre, por ambas cosas a la vez. En las finales de la ACB, de la NBA y, para abrir boca, de la Liga Femenina, ya vamos teniendo algunas de esas acciones que quedan para siempre en la mente de los aficionados, de los jugadores, de los técnicos y de cualquiera que tenga un mínimo sentido de lo que significa la competición de élite, la alta competición en el deporte profesional.

Para empezar por el principio, la final de la Liga Femenina se resolvió de forma absolutamente agónica. El Perfumerías Avenida se anotó el campeonato aunque a falta de ocho segundos perdía por un punto (65-66). Una falta sobre la bocina dio dos tiros libres a la estadounidense Le´Coe Willimgham y la americana no falló. Transformó los dos lanzamientos y prendió la traca de una grada en la que una ciudad se vuelca con el baloncesto tanto nacional como continental. Se trata, seguramente, del final más apasionante de la historia de la canasta femenina española, que ya es decir porque, aunque apenas se le dedique atención, las chicas son un valor sagrado y un ejemplo de nuestro deporte.

El pistoletazo de la Liga Femenina ha dado paso a un primer cruce de la serie final de la ACB entre el Real Madrid y el Barcelona cargado de tensión, una lucha de titanes, que en un solo encuentro ya ha dejado tras de sí la estela de la eterna rivalidad, de una jugada sobre el alambre, de la discusión sobre si Víctor Sada fue objeto de falta por parte de Sergio Rodríguez a falta de poco más de dos segundos y un único punto de distancia en el marcador. Discrepancia sobre la jugada, en la que los árbitros no señalaron personal, y luego el remolino de jugadores sobre el parqué y una técnica para Juan Carlos Navarro que produjo los dos tiros libres que sellaron el 76-72 definitivo.

Mientras, al otro lado del Atlántico, en la NBA, Miami y San Antonio están en plena batalla por el título y, además de excelentes encuentros y recitales individuales por parte de LeBron James, Dwayne Wade o Tony Parker, James ya ha dejado una de esas jugadas para la memoria con un tapón que es mejor ver y no imaginárselo leyendo. Un tapón del baloncesto del siglo XXI, pleno de valentía, fuerza, deseo, físico,…

Las finales son el mejor sitio para los ‘gourmets’ porque muchas veces dejan auténticos bocados de dioses en las retinas. Aleksander Djordjevic y el triple que dio la Final Four del 92 al Partizan ante el Joventut en Estambul, la canasta de Belov que dio el oro olímpico a la Unión Soviética frente a los Estados Unidos en Múnich´72,….momentos mágicos para toda una vida.