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El sábado pude asistir a dos exhibiciones. Una, ajena al baloncesto, me dio la sensación de demostración teatral poco dada a la improvisación. La otra fue puro arte, magia, imaginación al servicio del espectáculo. Lo cierto es que ambas vivencias fueron un espectáculo. La primera, llámame mal pensado, fue la lacrimógena despedida de Falcao cuyo sollozo me resulto un tanto preparado cual guión de culebrón de su tierra. La segunda, la clase magistral número… no recuerdo ya cuántas lleva Sergio Rodríguez. En Onda Cero, fruto de su prestidigitación con el balón y su espesa barba, le llamé “Gandalf el blanco”. Después de los minutos imborrables que vi el sábado, temo decir que el mago blanco de El Señor de los Anillos posee menos trucos que “El Chacho”.

Ver jugar a Sergio Rodríguez me trae a la memoria el juego de otro canario de nacimiento, de Las Palmas de Gran Canaria para ser preciso, que deleitó a los aficionados desde finales de los 60 y durante la década de los 70 y buena parte de los 80 del siglo pasado. Carmelo Cabrera Domínguez. Fue doble Campeón de Europa, llevando el timón de un equipo en el que compartía dirección con Juan Antonio Corbalán. Académico el juego de Corbalán, indefinible el de Carmelo. No creo exagerar cuando digo que fue un adelantado a su época. Si capturas las jugadas de Sergio Rodríguez y las trasladas en el tiempo, encontraras mil similitudes con el otro genio canario.

Carmelo Cabrera llegó a Madrid allá por 1967. Jugó en el Real Madrid, procedente en edad junior del Claret de su ciudad natal, y en apenas un año ya se había incorporado al primer equipo. Todo en la vida de Carmelo Cabrera iba a toda velocidad y su juego no iba a ser menos. Chico extrovertido, guasón y desenfadado. En la cancha de baloncesto se mostraba tal y como era, sin trampa ni cartón. A finales de los 70 abandonó el Real Madrid para recalar en Valladolid. Es ahí donde tengo mi primer recuerdo de Carmelo Cabrera. Ensombrecido, bien es cierto, por un alero americano que volaba como no había visto nunca en mi vida. Vaya dupla Carmelo Cabrera y Nate Davis. Puro espectáculo. Dos años en Valladolid y el resto de su vida profesional, en casa. En el C.B. Canarias juega en la década de los 80 hasta que colgó las botas, la camiseta y su magia un día de abril de 1988.

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Mi primer recuerdo nítido del baloncesto, al margen de multitud de vídeos que haya visto con el paso de los años, es de 1980. Y uno de aquellos momentos imborrables es un partido entre Estudiantes Mudespa y Miñon Valladolid. Impactado de pequeño por la grandiosidad de Fernando Martín, y con los ojos como platos al ver jugar al número 7 del Valladolid. El 7. “Ese debe ser el número que lleve un base”, pensó el joven Sexto Hombre al ver con asombro la capacidad de pase y dribling de Carmelo Cabrera. Y todo lo hacía con una sonrisa. Me dejó la sensación de que jugar al baloncesto implica disfrutar, pasarlo bien, entretenimiento y diversión. No recuerdo cuál fue el resultado final de ese partido, sí recuerdo irme feliz a casa con mi padre mientras me relataba quién fue Carmelo Cabrera en los años anteriores con el Real Madrid, su forma de jugar y cuan de diferente era respecto al resto de los jugadores.

Diferente. Esa es la palabra que mejor le define. Con el paso de los años y una vez iniciado el camino en el periodismo, muchos de los que fueron sus compañeros me reconocían que había momentos en los que no sabían qué sería capaz de hacer Carmelo Cabrera. Uno de ellos me comentaba que simplemente salía corriendo porque estaba seguro de que en algún momento el balón le llegaría. El arte de la distinción. Ese arte que emana en cada acción Sergio Rodríguez, herencia indirecta de aquel “loco bajito” que consiguió dejar huella en aquellos que pudieron disfrutar del baloncesto gracias a su magia.