“Si el mundo te pinta los días en blanco y negro, sonríele a colores”

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El 19 de enero el mundo de Alba Torrens hizo un fundido en negro. La escalofriante lesión que sufrió en Gydnia y su desmoralizador diagnóstico (rotura del ligamento cruzado) provocó que, por un instante, el baloncesto se paralizara ante el infortunio de una jugadora diferente.

Quienes han jugado con ella o contra ella hablan de una jugadora completa e imprevisible, de la magia hecha baloncesto y un millón de adjetivos que no llegan a hacer justicia con la magnitud de su juego, pero si tienen la oportunidad de conversar con alguien que la conozca en la intimidad le hablarán de un ser especial. De esas personas que difícilmente nos encontramos en nuestra vida pero que quiere uno siempre tener cerca por la alegría que irradia.

Albert Espinosa bien podría calificarla como un “amarillo”, una persona que se cruza en tu vida un instante y puede cambiártela. Personalmente, ese instante fue cuando, coincidiendo en la selección femenina, la vi ponerse una nariz roja para sacar una sonrisa. Semanas previas yo mismo había utilizado también una nariz roja con el mismo fin, con lo que me pareció un gesto tan diferente y único, que supe que Alba era especial.

Por ello, los seres humanos que cultivan la alegría y el afecto nunca pueden sufrir… vamos, debería estar prohibido, y por ello cuando se produjo la lesión el mundo de la canasta no permitió que su estrella se apagara. Ideado por otro “amarillo” personal como es Maribel y la complicidad de Sílvia, el baloncesto generó un movimiento de narices rojas que intentaron que, cada día en los que estaría lejos de las pistas de baloncesto, Alba siempre tuviera un motivo para sonreír.

Y lo más sorprendente de todo es que ni aún en los momentos más complicados parecía que hiciera falta sacarle una sonrisa. Siempre de buen humor, es ella quien se encargaba de elevar el ánimo a su alrededor y ver el lado bueno de las cosas. Recuerdo verla subir y bajar con muletas las estrechas escaleras de su casa en Barcelona y como, mientras uno no podía dejar de pensar “como se caiga la hemos liado”, ella iba contando como cada día que iba al fisioterapeuta y le dolía la rodilla se marchaba feliz porque sentía que iba progresando.

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Ella es así. Jovial y nunca de mal humor (María, su madre, da buena fe de ello), Alba emprendió el camino de la luz. Su túnel se fue haciendo más amplio y, aunque los plazos de recuperación se alargaron y el recuerdo de lo sufrido permanece en modo de rodillera, el tiempo dejó entrar la luz de nuevo.

Al principio no fue fácil, las inseguridades propias de la inactividad hicieron que no fuera la misma. No corría como la gacela que trotaba por el parqué como antaño y era inevitable que ante el choque con una rival, un recuerdo surcara su cabeza para ir con más precaución de la necesaria.
Especial ilusión es ver que todo ello, además, lo consigue en Galatasaray; un equipo donde desde siempre ha sentido un cariño especial, fuera de lugar. Recuerdo vivir junto a ella el día de su presentación y como las más de 10.000 personas que llenaban el pabellón Abdi İpekçi Arena coreaban su nombre durante la final de la liga turca masculina.Pero al final las personas que generan positivismo tienen más fuerza para superar los retos que aparecen en la vida y Alba lo hizo. Fue, junto a Sancho Lyttle, la estrella de la selección española en la conquista del Eurobasket del pasado verano y ello, en sí mismo, también le devolvió una sonrisa que perdió dos años antes en una aciaga tarde frente a Croacia.

El domingo en Ekaterimburgo el círculo se completó y Alba recuperó todo el tiempo perdido. En la misma competición y con el mismo equipo donde vivió el día más oscuro de su vida, hoy pinta de arco iris el regreso de la reina del baloncesto continental.

Desde entonces Alba colecciona una legión de seguidores capaces de ir a verla a Barcelona y mover cielo y tierra para hacer que siempre se sienta la jugadora más querida del mundo. Cada año, la esperan en el aeropuerto para celebrar con ella su cumpleaños y buscan cualquier motivo para recordar lo especial que es.

Ahora ella ha devuelto esa felicidad ofreciéndoles el ansiado título, ese que no pudieron conseguir dos años antes como anfitriones, quizá porque su lesión lo impidió. Pero así es la vida, tan caprichosa que juega con el destino como a los dados. Pero como no hay nada dejado al azar y todo tiene su razón de ser, quizá todas las vicisitudes vividas pasaron para que hoy la felicidad sea aún mayor y más valorada… Y no conozco en el baloncesto profesional a nadie que merezca ser más feliz que Alba Torrens.

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